Villa la Meliquina Patagonia Argentina: alojamiento, hospedaje, cabañas, aparts

    Villa Meliquina

Villa Meliquina

Neuquen - Patagonia - Argentina

 

 

Villa urbana - Villa Meliquina

 Fuente Diario La Nacion 23-12-2006

Meliquina, a 36 kilómetros de San Martín de los Andes, aparece como un nuevo destino de inversión entre las montañas y el lago. En sólo cuatro meses se vendieron 100 lotes y hay 250 casasconstruidas

 

Hace dieciséis años era muy poco lo que había en el lugar, apenas un puñado de casas donde vivía sólo una decena de personas; unas pocas calles abiertas, y una pequeña pampa que parecía nacer a la vera del río Meliquina para sucumbir en las costas del lago que lleva ese nombre. Hoy, la villa que adoptó la denominación de aquel espejo de agua se convirtió en un fenómeno inmobiliario, y hasta cambió aquella particular y desolada fisonomía.

El lugar, a 15 kilómetros del cerro Chapelco y a 36 de San Martín de los Andes, se presenta como un paraje único con ubicación estratégica. "Su cercanía con el centro de esquí Chapelco ofrece una amplia gama de actividades invernales; la proximidad no sólo con San Martín de los Andes, sino también con Bariloche (120 km) y Junín de los Andes (60 km) le abre un sinfín de opciones válidas a quien elija esta villa como una posibilidad para vivir y hasta para desarrollar algún emprendimiento turístico", explica Fernando Trevisan, integrante de JL Dappello Inmobiliaria.

El desarrollo con fuerza de esta región se sustenta en la búsqueda de nuevos lugares. "En cuanto a servicios, San Martín de los Andes está a punto de colapsar y la gente comienza a buscar nuevas alternativas, que se encuentran en las cercanías de esa ciudad pintoresca. Así es como surge Meliquina, una villa que no sólo parece tener características geográficas similares a las de San Martín, sino que además de alguna manera rememora sus comienzos", explica Leandro Duvo, integrante de Bullrich Patagonia.

Lejos de la vorágine

Algunos comercializadores sostienen que la gente busca este sitio como un lugar de residencia lejos de la vorágine de las ciudades.

"La mayoría de los que se acercan a la villa suelen ser matrimonios jóvenes con buenos ingresos, que no superan los 40 años, y que en muchos casos buscan escapar de la vorágine cotidiana. Los habitantes de San Martín de los Andes suelen elegir esta geografía para construir casas de fin de semana", afirma Duvo.

Christian Selem, miembro de la familia pionera en la zona y responsable de la inmobiliaria que lleva su nombre, asegura que los inversores son los principales impulsores del cambio en la región.

"Los mejores lotes, que en la época del uno a uno valían 7000 dólares, hoy alcanzan un precio que oscila entre los 22.000 y los 24.000 dólares, lo que refleja el cambio de este lugar en los últimos tiempos."

En la primera etapa del loteo de Meliquina, los lotes fueron adquiridos en gran medida por inversores, que lograron multiplicar su capital rápidamente gracias a la revalorización de la zona. "Para ser más claro, quien compró un terreno hace seis meses y pagó 8000 dólares, si hoy quiere venderlo podría llegar a recibir una cifra cercana a los 12.000 dólares", comenta Selem, responsable de la inmobiliaria homónima.

Y agrega Duvo: "Algo que se observó en los últimos tiempos es que distintos grupos de inversores adquirieron un gran número de lotes, muchos de ellos con objetivos comerciales".

Así, Meliquina, un lugar que hasta hace algún tiempo muy pocos conocían, está en pleno proceso de cambio.

"En los últimos cuatro meses, período que no corresponde a la temporada fuerte de comercialización (que se extiende entre enero y marzo), llevo vendidos 95 lotes, y durante la última semana se cerró más de una decena de operaciones. Otro dato relevante es que de las 300 personas que transitan a diario por la villa, un gran porcentaje suele pedir asesoramiento para la adquisición de algún terreno", opina Selem.

La superficie de los lotes oscila entre 1000 y 1500 m2, pero en la actualidad, según los distintos operadores consultados, resulta difícil encontrar un terreno en las cercanías del lago y sobre el río Meliquina.

"Ahora se empezó a comercializar la segunda etapa de la urbanización, que tiene unos 700 lotes", afirma Duvo.

Cambio de fisonomía

Aquella villa que hace quince años no tenía el trazado de calles y en la que sólo había seis casas, hoy muestra un gran número de obras en ejecución, que parecen servir de prólogo para delinear su nuevo perfil. "Desde su creación la villa se transformó en forma paulatina; verla hoy parece un sueño; no se parece nada al lugar que conocí de chico. En esa época, en 1976, lo único que había era la casa de mi padre, un hombre que dejó todas sus ocupaciones en Buenos Aires y que aquí encontró su lugar en el mundo. Hoy, Meliquina cuenta con cinco comercios gastronómicos, dos complejos hoteleros (uno de ellos en construcción, con fecha de entrega para el mes próximo, y una inversión estimada en 900.000 dólares), unas 250 casas y una población fija de 300 personas", dice Selem.

Trevisan, oriundo de San Martín de los Andes, recuerda sus días de juventud. "Cuando allí no había ningún desarrollo, era el lugar elegido por muchos de los pobladores de San Martín de los Andes para ir a pasar tardes apacibles o fines de semana de campamento", comenta.

La expansión que experimentó Meliquina en los últimos cinco años permite imaginar un futuro aún más alentador. "Con la llegada de la luz, el año próximo, y el pavimento se prevé que los lotes tendrán un alza en el valor de comercialización, aunque aún resulta difícil determinar cuál será su precio futuro", concluye Trevisan.

Por Leandro Murciego
De la Redacción de LA NACION


Similar a San Martín, pero con vista libre

Tanto para los desarrolladores como para los comercializadores, en la región hay pocos lugares con las características de Meliquina, donde la ciudad está limitada en una de sus márgenes con el lago y en otra con el río. "El lugar posee características similares a las de San Martín de los Andes, pero tiene una gran ventaja sobre esa tradicional villa patagónica: cuenta con mayor costa de lago, lo que le permite tener una vista más libre", dice Selem.

Según Trevisan, el perfil de la gente que opta por vivir allí es muy similar al de San Martín de los Andes. "La única diferencia es que los que prefieren Meliquina son más aventureros", concluyó.

 

Inversiones Para disfrutar todo el año

 Diario La Nacion 28-01-2006

En San Martín de los Andes, Villa La Angostura y Bariloche se multiplican las opciones para residencia permanente, y las que ofrecen cabañas a los turistas

Uno de los lugares del Sur que más inversiones atrajo en 2005 fue San Martín de los Andes, en la zona del lago Meliquina, con compradores de lotes para residencia permanente o segunda vivienda. La mayoría son argentinos con la idea de mantener a buen resguardo sus ahorros, e invierten algo más de 15.000 dólares, en promedio.

Estos montos también se han alcanzado en cercanías del lago Gutiérrez, en San Carlos de Bariloche.

"En el centro de San Martín de los Andes hemos realizado operaciones de terrenos importantes para la construcción de departamentos en montos muy altos respecto de lo que eran los valores históricos de la ciudad", dice Guillermo Villa, socio gerente de Tizado Patagonia.

"Las operaciones de lotes en el centro son con inversores nacionales en sociedad alguno de ellos con extranjeros, pero no son la gran mayoría", dice Villa.

Agrega que esta atractiva aldea de montaña ofrece una proyección futura más que interesante. "Tiene mucho para crecer", dice.

Esta localidad se encuentra en plena etapa de despegue con respecto a obras de infraestructura financiadas por el gobierno provincial.

"Estimo que la gran mayoría compra con la intención de disfrutar de su propiedad en familia o con amigos", opina José María Terrone, presidente de la Cámara Inmobiliaria de San Martín de los Andes

En la región, uno de los emprendimientos más importantes es el Chapelco Golf Club & Resort, un country con 430 lotes.

Rubén Mora, gerente de ventas de Estancia Chapelco SA, desarrolladora del emprendimiento, explicó que se encuentran en el proceso de culminar el clubhouse y los ajustes previos de los detalles para la inauguración oficial del campo de golf a la que asistirá Jack Nicklaus y su hijo Jackie II. "Hay 50 casas en construcción, y 60 proyectos presentados y aprobados para iniciar su edificación y ya hay casas habitadas permanentemente y por gente que disfruta de sus vacaciones."

Ya comenzaron los trabajos de la construcción del hotel con 83 habitaciones, salones de eventos y conferencias, spa, piscina climatizada y jacuzzi.

Mora se refiere al perfil de los compradores: "Son de diferentes nacionalidades, incluyendo argentinos. El fin de la inversión es múltiple; fin de semana, vacaciones, inversión en tierra, disfrute y vivienda permanente".

En el proyecto, los terrenos oscilan entre 1500 y 4100 metros cuadrados en promedio, y su valor parte de los 70.000 dólares.

También San Carlos de Bariloche tiene buena perspectiva para las inversiones inmobiliarias, pero más lenta, ya que el despegue lo comenzó hace un tiempo largo.

En ambas ciudades se produce un fenómeno como no se daba desde hace muchos años: el 70% de las operaciones inmobiliarias está apuntada al turismo, y el restante 30% son clientes argentinos con ganas de tener un lugar de descanso.

Según lo informado en Tizado Patagonia, en San Martín de los Andes se han realizado operaciones de inversión turística por un monto cercano a los 3.500.000 dólares, y respecto de las compras de consumidores finales, aproximadamente 1.400.000 de la misma moneda

En Bariloche, las inversiones para turismo rondan los 5.000.000 de dólares y con respecto a los consumidores finales, 2.100.000 dólares.

En la actualidad, el sector esta pasando por un buen momento, ya que se dejaron de vender propiedades de valor medio, unos 50.000 dólares, y el mercado se inclinó a un target más alto, ya que se venden inmuebles de 200.000 dólares para arriba.

Un 80% son propietarios argentinos, el resto se reparte entre europeos y americanos. Los extranjeros compran casas muy buenas y de amplio metraje, que superan los 300.000 dólares.

Villa La Angostura

"En el municipio de Villa la Angostura encontramos una demanda balanceada y dispersa sobre diversas áreas. Creemos que esto se debe a que la localidad en su conjunto se encuentra muy contenida y cuidada, por los mismos habitantes y por un código urbanístico y de edificación, que privilegia espacios amplios y construcciones con un estilo bien definido. Asimismo, el motivo fundamental de esta demanda y el consecuente crecimiento de la localidad lo atribuimos en gran medida a que La Angostura se encuentra inmersa en el Parque Nacional Nahuel Huapi. Por lo general, los inversores son argentinos, la mayoría proviene de la Capital y los propósitos de inversión son diversos", dice Franco Laera, de Bessones Propiedades.

Explica que los compradores se reparten entre los que apuestan por un estilo de vida diferente y los que invierten para el turismo: hoteles, hosterías y cabañas.

Pero hay quienes lo hacen sólo para posicionarse en una plaza con demanda sostenida, apostando a una valorización futura.

Por José Luis Cieri
De la Redacción de LA NACION

 

 

Parques irá a la Corte Suprema contra Neuquén

Fuente: Diario de Rio Negro 2005-10-04

Por intimaciones a propietarios del loteo Meliquina. La provincia dice que se constataron irregularidades.

SAN MARTIN DE LOS ANDES (ASM).- Las disputas jurisdiccionales por el control de los recursos y el medio ambiente entre el gobierno neuquino y la Administración Nacional de Parques, terminarán en la Corte Suprema de Justicia de la Nación, luego de un cruce de cartas documento y una seguidilla de intimaciones. La intendencia del Parque Nacional Lanín advirtió que recurrirá a la máxima instancia judicial del país, si el estado provincial no cesa de intervenir en su jurisdicción.

Así lo anticipa una carta documento enviada días atrás al director provincial de Medio Ambiente y Desarrollo Sustentable, José Mena, con la firma de Salvador Vellido, responsable del PNL. Hasta ayer no había respuestas de esa oficina. La disputa surgió a raíz de una serie de intimaciones enviadas por la dirección que dirige Mena a propietarios del loteo Meliquina, una incipiente urbanización ubicada a 40 kilómetros de San Martín de los Andes, a orillas del lago de igual nombre. Parte de esas tierras caen dentro de la jurisdicción provincial y otras forman parte del Parque Nacional Lanín.

En esas intimaciones, la provincia conmina a los privados a regularizar su situación en los términos que fijan las leyes provinciales de cuidado y preservación del medio ambiente.

En concreto, los propietarios deben presentar la correspondiente auditoría ambiental del loteo en desarrollo, en un plazo de 90 días. Asimismo, la provincia los intimó a cesar todo movimiento de suelo y desmontes de caminos, como así también toda obra de infraestructura común entre los lotes en cuestión, hasta completar las exigencias de la legislación.

Un informe difundido días atrás por el propio ministro de Producción, Turismo y Medio Ambiente, Marcelo Fernández Dotzel, sostenía que de los relevamientos practicados en el loteo Meliquina se habían constatado serias irregularidades.

En cualquier caso, para Vellido "es un hecho indubitable que el loteo Meliquina se encuentra dentro del dominio y jurisdicción de la Reserva (Parque) Nacional Lanín (cita los decretos 105.433 de 1937 y modificatorios de 1938 y 1945, y leyes 22.351 y 24.912)", mientras que la provincia del Neuquén "se constituyó como tal por ley nacional 14.408 de 1955 y dentro de su territorio, en materia ambiental, rige la ley 1875 de Preservación, Conservación, Defensa y Mejoramiento del Ambiente".

En consecuencia, "resulta evidente que, dentro de los límites del Parque y Reserva Nacional Lanín, las atribuciones en materia ambiental corresponden a la autoridad que lo administra, es decir la Administración de Parques Nacionales, y no a la provincia del Neuquén, cuya ley concordante ha sido establecida para aplicarse en su territorio (artículo 1), resultando por ello una norma extraña a los parques o reservas nacionales (...)" en los que se aplica la legislación federal, "además de ser anteriores a la creación de la provincia".

En ese contexto, afirma la nota de Vellido, "la provincia del Neuquén carece de poder jurisdiccional para conminar a pobladores de un parque o reserva nacional a ajustarse a las normas ambientales de una ley provincial". En igual sentido, advierte que la actitud del gobierno neuquino "constituye un perjuicio hacia los particulares afectados por arrogarse competencia ilegítima", lo que resulta en una "grave y grosera interferencia" en contra de las normas nacionales en la materia.

 

A la Corte

 La carta documento llama a la provincia a dar por finalizada toda intervención en la jurisdicción del PNL sobre el loteo Meliquina, pues de lo contrario "nos veremos obligados a iniciar acciones judiciales ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación, a los efectos de que ordene a la provincia del Neuquén a cesar en sus pretensiones jurisdiccionales sobre territorios que son de dominio y jurisdicción exclusivos de la Administración Nacional de Parques".

El escrito en cuestión fue enviado el pasado 21 de setiembre y, hasta ayer, fuentes de la intendencia del Parque Nacional Lanín confirmaron que no se había recibido respuesta alguna de la provincia. Razón por la cual, se anticipó, ya se tomaron los recaudos para recurrir al máximo tribunal.

 

 

Neuquén ratificó controles ambientales en Parques

Fuente: Diario de Rio Negro  2005-10-05

Fernández Dotzel deslizó sospechas de ocultamiento sobre el motivo de la disputa.

SAN MARTIN DE LOS ANDES (ASM).- El gobierno neuquino no renunciará al ejercicio del poder de policía ambiental en Parques Nacionales y redoblará la apuesta con nuevos procedimientos, a pesar de que la administración federal advirtió que llevará la disputa a la Corte Suprema de Justicia.

En ese sentido, el ministro de Producción, Turismo y Medio Ambiente, Marcelo Fernández Dotzel, se preguntó "si alguien no estará tratando d ocultar algo", en alusión al rechazo del Parque Lanín a las auditorías ambientales de la provincia.

Cuando se le pidió que precise los alcances de esa observación, Dotzel recordó que existen estancias o establecimientos privados en tierras de Parques que "promocionan sus productos turísticos (pesca, caza, etc.) en internet y cobran miles de dólares a la semana por sus servicios. Me preguntó a quién tributan, quién los controla. Nosotros vamos a hacerlo...", dijo el ministro.

Así, el funcionario respondió públicamente a la carta documento enviada por la intendencia del PNL, en la que se conmina al gobierno provincial a cesar de inmediato con sus actuaciones en el loteo Meliquina, por la adecuación de los propietarios privados a la ley provincial de defensa del medio ambiente.

Como informó este diario ayer, el escrito del PNL sostenía que "es indubitable que el loteo Meliquina se encuentra dentro del dominio y jurisdicción de la Reserva (Parque) Nacional Lanín (decretos 105.433 de 1937 y modificatorios de 1938 y 1945, y leyes 22.351 y 24.912)", mientras que la provincia del Neuquén "se constituyó como tal por ley nacional 14.408 de 1955 y en su territorio, en materia ambiental, rige la ley 1875 de Preservación, Conservación, Defensa y Mejoramiento del Ambiente".

Añadía la carta que "resulta evidente que, dentro de los límites del Parque y Reserva Nacional Lanín, las atribuciones en materia ambiental corresponden a la autoridad que lo administra, es decir la Administración de Parques Nacionales, y no a la provincia del Neuquén..."

Pero en diálogo con la radio Axis y este diario, el jefe de Producción, Turismo y Medio Ambiente, dijo que "Parques se olvida de que esta provincia nació con plenos derechos, que nunca firmó delegación alguna de su poder de policía, y que la Constitución Nacional reformada en 1994 otorga a las provincias la propiedad de sus recursos naturales". Apuntó que "no tenemos ningún problema en acudir a la Corte Suprema, que ya nos dio la razón en una controversia similar con las empresas petroleras, cuando reconoció que los tribunales para dirimir cuestiones ambientales son los de la provincia, porque los recursos le pertenecen". Recordó que, en el caso del loteo Meliquina, los técnicos de la Dirección Provincial de Medio Ambiente y Desarrollo Sustentable constataron serias irregularidades.

Un informe al que accedió este diario sobre los controles de la incipiente urbanización ubicada a 40 kilómetros de San Martín de los Andes, por el camino Siete Lagos, detalla "afectaciones del medio ambiente", tales como "aperturas de calles sin respetar la topografía; escorrentías superficiales; manejo inadecuado de los residuos sólidos; tomas clandestinas de agua de lagos y arroyos; manejo de efluentes cloacales con drenaje individual a suelo", entre otras acciones irregulares.

 

 

 

Incertidumbre con los ríos en la región luego de un verano muy seco

Fuente: Diario de Rio Negro  2005-03-16

 

CIPOLLETTI (AC) - Los lagos de la cordillera están tan por debajo de sus promedios históricos que los ríos son apenas un hilo de agua. Nadie por ahora se anima a predecir cómo será la estación de lluvias que está a punto de comenzar ni mucho menos cómo incidirá en la operación de la cuenca.

La sequía que -con matices- lleva dos años afectando el norte de la Patagonia, más el uso intensivo del recurso para generar electricidad hicieron que en el Limay el embalse de la presa El Chocón terminara absorbiendo la poca agua que fue bajando desde los tramos superiores del río.

Por ello, en marzo se da la paradoja de que El Chocón debe ir reduciendo el nivel de su embalse para prepararse para la caída de la curva de la franja de operación normal (debe estar en marcas que permitan absorber las lluvias de abril-mayo), pero aún están vigentes las restricciones de erogaciones hacia los valles irrigados que se establecen para proteger las napas de las chacras.

Las condiciones meteorológicas cambiantes que signan este principio de siglo en todo el planeta, convierten cualquier previsión a largo plazo en incierta.

Por ahora, en la Autoridad Interjurisdiccional de Cuencas (AIC) observan que entre marzo y mayo habrá mayores precipitaciones de lo normal en la subcuenca del Limay y menores en la del río Neuquén.

En marzo, desde Arroyito -que es, además de compensador de El Chocón, la última presa del río Limay- la hidroeléctrica no puede erogar más de 375 metros cúbicos por segundo en promedio mensual (con picos de hasta 431).

La posibilidad de que el embalse de El Chocón llegue al primero de mayo con un nivel inferior a los 378 metros sobre el nivel del mar (ahora tiene 45 centímetros más que esa marca) dependerá de la manera en que el organismo nacional de despacho de generadoras de electricidad (Cammesa) organice el abastecimiento en el país.

Lo que seguramente no se revertirá es la escasez de agua en el río Neuquén.

De todos modos, a diferencia del verano pasado, en la zona de Chos Malal y su área de influencia la sequía en los campos de la región no fue tan intensa como en 2004.

Los siete lagos de las subcuencas del Limay y su afluente, el Collón Cura, que la AIC toma para medir la acumulación lacustre, presentaban al primero de marzo pasado niveles por debajo de la media histórica.

Ellos son el Nahuel Huapi, Traful, Meliquina, Filo Hua Hum, Huechulafquen, Quillén y Aluminé.

 

 

 

El ciervo Padre David, rareza en la zona de lagos

Fuente: Diario de Rio Negro  2005-01-16

Fue depredado en China hace unos 150 años. Fue introducido en la región en 1968. Hay 200 animales.

SAN MARTIN DE LOS ANDES (ASM).- Hace unos 150 años, el territorio chino era tan vasto como hoy y ya superaba los 400 millones de habitantes. Pero era muy distinto del gigante actual. La marcha maoísta estaba lejos. Se sucedían los períodos de unificación con las insurrecciones, acalladas en parte con la dinastía Manchú.

Por aquellos años, un ciervo peculiar daba sus últimas bramas en la China profunda, condenado a la extinción tras centurias de depredación.

Dicen que el "ciervo Padre David" o Elaphurus davidianus o "Milú", pisó la tierra al mismo tiempo que el hombre dejaba la fisonomía del mono.

El Elaphurus ya escaseaba en China al promediar 1860. Un jesuita, el "Padre David" cuyo nombre se popularizaría luego en el Elaphurus, halló algunos de estos ciervos en el coto imperial de Pekín, de donde desaparecieron en su totalidad con la "insurrección de los Boxers". Pero un par de decenas fueron llevados antes a un zoológico de Londres, en un intento por asegurar la reproducción en cautiverio.

Otros ejemplares fueron trasladados desde Woburn Abby al parque de ciervos de Mautern, en Steiermark, que en verdad había recibido su primer animal desde Hellabrunn, cerca de Munich.

Pero la historia tiene sus maromas. En algún momento entre 1968 y 1969, tres ejemplares de Elaphurus davidianus, dos hembras y un macho, también viajaron desde Alemania en las bodegas de un vapor, pero para atravesar la inmensidad del Atlántico con rumbo sur.

Los ciervos Padre David fueron introducidos en la región cordillerana, a apenas unos kilómetros de un San Martín de los Andes más bucólico, constituido en una ciudad incipiente a orillas de un lago de origen glaciar, en la que el turismo aún no había explotado como principal actividad económica.

Los Elaphurus fueron puestos en cautiverio en la estancia Parque Diana, por iniciativa de Carl Adolf Vogel, quien había arribado al país por primera vez en los años 20. Vogel quedó deslumbrado por las extensiones vírgenes de tierra de notable capacidad para la reproducción de especies, que en Europa ya se ponían en peligro de sobrevida por -qué paradoja- el avance de la civilización y sus carreteras, y el impacto de la primera guerra seguida má tarde de la segunda y arrasadora gran conflagración.

Nacido en la Franconia Superior (Oberfranken), Baviera, Vogel fue cónsul en la Argentina. Amante de la naturaleza y a la vez cazador, vivió entre Europa y este país hasta que en 1963 decidió adquirir unas 70.000 hectáreas de las estancias Lago Hermoso y Meliquina, en una porción de las cuales fundó Parque Diana como estación zootécnica de estudio y reproducción de especies animales, en particular exóticas.

Luego, por los vaivenes económicos y los sucesivos cambios de manos, Parque Diana se convirtió por años en un exclusivo coto y peculiar zoológico reservado a bolsillos abundantes, entre los que no faltaban nobles europeos. El predio, ubicado en el bellísimo paraje Meliquina, pertenece hoy al polémico banquero y ex jefe de la SIDE, Fernando de Santibáñez.

Lo cierto es que los ejemplares de ciervo Padre David, que en la zona se conoce en verdad como "ciervo chino", se multiplicaron desde allí y fueron más tarde introducidos a otras estancias regionales: Algar, camino a Bariloche desde San Martín; Alicurá, en la confluencia de los ríos Collón Cura y Limay; y Pulmarí en las cercanías de Aluminé.

El ciervo Padre David crece y se multiplica fuerte y sano desde, al parecer, la consanguineidad o endogamia; lo que constituye otro enigma para los estudiosos.

Es que, se dice, la descendencia de un sólo padre original le resta méritos de fortaleza a la sangre (volveremos sobre este punto). No parece ser el caso de la línea genética seguida por el Elaphurus en la zona.

Algunos ejemplares exhiben un porte que compite con el del abundante ciervo colorado, al que incluso sobrepasa en talla y cornamenta.

 

En la región: endogamia

 

Como se apuntó, dos hembras y un macho fueron introducidos en Parque Diana. Con su multiplicación, fueron adquiridos por otras estancias de la zona, algunas de las cuales los desarrollarían para la caza, aunque es animal manso, que dista mucho del comportamiento arisco del ciervo colorado.

Pero el dato curioso y que hasta ahora extraña a los estudiosos, es que el Padre David reúne hoy una población de unos 200 ejemplares a más de 30 años de su presencia en la región, y hasta el momento no se han manifestado los efectos de la llamada endogamia o consanguineidad.

Los actuales planteles que pastan en la cordillera han nacido de un mismo padre original, lo que generación tras generación (hay un año entre cada parición) debería provocar efectos nocivos.

Pero para el médico veterinario Raúl Fernández, experto regional en Elaphurus, estas manifestaciones aún no se han producido. El Padre David se muestra fuerte, sano y en expansión. Los Elaphurus por estos lares están en torno de los 250 a los 270 kilogramos, cuando el ciervo colorado orilla los 170.

Aclara, sin embargo, que no puede asegurarse que la consanguineidad no produzca efectos más adelante.

¿Pero, por qué puede afirmarse que los Elaphurus cordilleranos son endogámicos? Fernández tiene una explicación precisa: en libertad, el animal no se cruza con otros ciervos, como podría ser el colorado. Sus épocas de celo no coinciden, de modo que sólo podrían cruzarse con la intervención controlada del hombre.

Fernández recuerda que a poco de su introducción en Parque Diana, el Padre David tenía parición cada dos años por deficiencias en la alimentación, pero cuando fue puesto en zonas de pasturas más benignas retomó su ritmo de celo y parición normal. "Le encantan los bañados y mallines y come hasta juncos...", grafica el profesional.

Fernández, junto al veterinario Miguel Rivolta y al licenciado Luis Giácomo, participó de la primera experiencia conocida en la zona de crioconservación de semen de Elaphurus. De hecho, existieron contactos con el gobierno chino para proveer la simiente, que estuvieron muy avanzados pero que hasta el presente no se han concretado por cuestiones administrativas.

 

El robusto "Sue-pu-sian"

Presentemos al Elaphurus...

El príncipe de Reuss, Heinrich III, en el libro "Parque Diana" del propio Carl Vogel, recuerda que, en 1876, Möllendorff denomina a este ciervo con el nombre chino: "Sue-pu-sian".

La traducción es algo así como "se parece a cuatro pero no es igual".

En efecto, se describe al Elaphurus como un animal que tiene la cabeza de ciervo, la joroba de camello, las patas de vaca y la cola de asno, que se presenta así en las fábulas de tiempos inmemoriales de la China. Tal relato bien podría haber formado parte de "El libro de los seres imaginarios" de Jorge Luis Borges. Pero conviene repasar lo que dice del Elaphurus don Roberto Gazzari en "Fauna y Caza en Neuquén", editado en 1978, que aquí se ofrece en apretada síntesis:

• "El Ciervo Padre David o Milú es una de las muchas subespecies de Cervus Elaphus existentes en el hemisferio norte, que ya se encuentra totalmente naturalizada en nuestros bosques del sur".

• "Su morfología presenta características poco comunes entre los componentes de esta gran familia. Su cornamenta, de gran tamaño, es menos bella que la del ciervo rojo del centro de Europa, presentando un desarrollo de dirección inversa a la de éstos, ya que sus puntas principales están dirigidas hacia atrás. Su colorido claro se suma también para hacerla menos atractiva".

• "Alto de cruz, parece que fuera gibado (jorobado) y tiene además tusa y cola de crines largas y oscuras; caso único entre todas las especies de ciervos. Es animal robusto, de gran talla, con patas y manos fuertes y menos esbeltas que las del ciervo europeo. Posee diferencias de coloración en el manto, de acuerdo con el sexo. Así, los machos son prácticamente lobunos y las hembras leonadas claras, ambos con las partes inferiores del cuerpo desteñidas...".

 

Lo cierto es que el Padre David es hoy una de las rarezas de la cordillera, donde del mismo modo alguna vez fueron introducidos los ciervos colorados o los salmónidos, que hoy son orgullo de la caza o la pesca deportiva.

Si bien hay teorías y polémicas sobre la conveniencia de introducir especies exóticas animales o vegetales, como las que incluso en la actualidad se siguen con apasionamiento en el caso de los pinos, esta porción del planeta ha abierto sus brazos una vez más. Carl Vogel creyó que era posible y tenía razón.

Fernando Bravo

rionegro@smandes.com.ar

 

 

 

Debate creciente por el cultivo de pinos en la región cordillerana

 

Grupos ambientalistas de San Martín de los Andes denunciaron el avance de especies exóticas sobre ecosistemas naturales, sobre todo a partir de explotaciones en lago Meliquina

 

Fuente: Diario de Rio Negro  Jueves 15 de mayo de 2003-09-17

 

 

SAN MARTIN DE LOS ANDES (ASM).- Organizaciones ambientalistas alertaron sobre el creciente proceso de suplantación de bosque nativo con especies exóticas, en una nueva vuelta de tuerca por la polémica sobre el impacto de las plantaciones de pino en la región.
Las ONG anticiparon que recurrirán a acciones legales para evitar que se multiplique este fenómeno, a despecho de las variedades autóctonas.
Un artículo de este diario publicado en su suplemento económico del 3 de mayo, a propósito del avance de los cultivos de pino en la cordillera neuquina, despertó entredichos que se multiplicaron en cartas de lectores de vecinos preocupados por esta problemática, y pronunciamientos de quienes defienden la importancia del bosque nativo.
En ese sentido, Alejandra Malosetti y Eduardo Castro Cisneros, de Fundación Península Raulí, y Horacio Matarasso, de Asociación Aves Patagónicas, dijeron que el avance de las plantaciones exóticas ataca la biodiversidad natural, y pone en juego la propia supervivencia del ser humano y su calidad de vida.
Si bien este proceso, dijeron, se verifica en toda la zona cordillerana, las 7.000 hectáreas de pinos del valle de Meliquina -a unos 20 kilómetros al sur de aquí- "no son beneficio ambiental, sino un mero negocio forestal...", en contraste con las afirmaciones del conocido productor local Eberardo Hoepke.
Aclararon que "no nos oponemos al desarrollo forestal como actividad productiva y económica, pero no aceptamos que nos vendan eso como un patrimonio ambiental que nos beneficia, como una suerte de maná contra la desertificación...".
Los representantes de las ONG con asiento en San Martín explicaron que "la Patagonia es un lugar de moda, pero también es una región en proceso acelerado de desertificación".
"Hay una franja de 2.000 kilómetros de largo por 50 de ancho, que son los bosques subandinos o subantárticos, que son de extrema fragilidad, porque tienen gradientes muy fuertes de humedad y altura, que modifican de modo dramático la composición vegetal y son extremadamente sensibles a los cambios".
En ese contexto, dijeron, "el hombre ha producido impactos feroces como la introducción de especies exóticas vegetales y animales, en un número cercano a las 400 en la región patagónica".
Los bosques nativos, a su turno, son un complejo de biodiversidad en el que conviven miles de especies, desde microorganismos a aves. Pero con los cultivos de pinos, "esa biodiversidad se reduce drásticamente, modificando la cadena natural", dijeron a un tiempo Malosetti, Castro Cisneros y Matarasso.
De allí que "no podemos hablar de bosques de pinos, sino de plantaciones con una finalidad exclusivamente económica", que como tal "debemos sincerar sin comprar discursos que desvían la atención del foco del problema".
Las plantaciones de especies exóticas como el pino "vienen subsidiadas incluso en el marco de las políticas de los bonos verdes, que no son otra cosa que un intento obsceno de compensación con fines económicos de los desastres que se han hecho con los bosques en el hemisferio norte".
"No está mal -añadieron- cambiar dióxido de carbono por oxígeno, lo que está mal es creernos que ese el único motivo que hay detrás", dijeron los ambientalistas, y se preguntaron "por qué no usamos ese dinero para restauración ambiental y no para provocar nuevos impactos negativos..."
En ese sentido, propusieron que los gobiernos financien la investigación y desarrollo con especies nativas, que "producen mucho más oxígeno y madera de mejor calidad que una plantación de pino...".

El calor hizo que se poblaran las playas cordilleranas

Con más de 30º de temperatura, los bañistas colmaron los distintos balnearios.

Fuente: Diario de Rio Negro  Miércoles 8 de enero de 2003

 

 

SAN MARTIN DE LOS ANDES (ASM).- El intenso calor registrado en las últimas jornadas hizo que las playas se poblaran de bañistas, deseosos de refrescarse en las cristalinas aguas y porque no, aprovechar para broncearse.
El lunes se registró la temperatura más alta de este año que recién se inicia con 32,5º.
Las playas más concurridas fueron la costanera de la ciudad, Catritre, Quila Quina, la Islita y Yuco; todas sobre el lago Lácar. También en Lolog, Meliquina y otros lugares de la región.
Desde hora temprana comenzó el desfile de vehículos y caminantes por la ruta nacional 234 o de los Siete Lagos en dirección a estos balnearios, que al mediodía registraban una concurrencia mayor a la habitual.
Por la tarde las playas se colmaron de público, ya sea para broncearse al sol o nadar.
También se pudo observar gran cantidad de carpas en los distintos lugares de acampe, lo mismo que a muchos mochileros circulando por la zona.

Información

Teniendo en cuenta la gran cantidad de visitantes que arribaron a San Martín de los Andes, desde la secretaría de Turismo de la municipalidad se habilitaron varios lugares de información, además de su sede ubicada en el centro cívico de la ciudad.
Hay un stand en la terminal de ómnibus que funciona durante el horario de arribo de los micros de larga distancia.
También se sumaron seis promotores turísticos en la vía pública que brindarán la bienvenida a los visitantes, atendiendo consultas y entregando folletería institucional.
A ello se agrega un stand de promoción conjunta con la secretaría de Turismo de la Nación, que funciona en la ciudad dentro del proyecto encarado por ese organismo para la difusión de la zona del Corredor de Los Lagos.
Debido a que se incrementó notablemente el tránsito vehicular, se llevan a cabo operativos de control en el centro y en los accesos a la localidad.

"En defensa de quien no se robó nada"

Fuente: Diario de Rio Negro viernes 23 de mayo 2003

""¡Bienvenido el debate sobre el cultivo de pinos en la cordillera! No obstante, el fin no justifica los medios. Me preocupó una carta en donde se ataca a un supuesto "ladrón" y se hace mención de verdades científicas incuestionables. Me interesa hablar de don Eberardo Hoepke para decirles que nunca se robó nada. Los valores del trabajo, la solidaridad, la educación... los aprendí de mis padres y de mi abuela. Los de la ciencia, la experimentación, la duda y el cuestionamiento, en la universidad.
"Para hablar de don Eberardo quiero rescatar fundamentalmente los primeros valores. En el debate técnico somos muchos los que venimos participando, experimentando, trabajando y construyendo colectivamente nuevas políticas forestales, desde el ámbito privado y estatal. Es un proceso difícil, hay y ha habido muchos lobos, que en nada se parecen a Eberardo. Estos han mudado sus pieles con los años, distintas siglas, diferentes trajes y uniformes... a don Eberardo lo seguimos reconociendo de lejos por sus largas botas, su sombrero y su chaleco... porque siempre se mostró tal cual es.
"Para hablar de valores, deberíamos preguntarles a los chicos de la estancia Santa Lucía, en Meliquina, a las innumerables familias que durante 30 años han vivido del trabajo forestal, a los jóvenes de la zona de Atreuco y Malleo que desarrollaron nuevas capacidades plantando en la estepa y afincándose en sus tierras.
"En estos últimos años hemos visto desfilar a los verdaderos ladrones, los que se llevaron afuera el dinero en carretillas, los que se robaron parte de nuestros recursos naturales y la vida de muchos chicos por hambre y desnutrición. Y parte de nuestras esperanzas. Don Eberardo no robó nada, llegó como inmigrante con el sueño de la tierra y el trabajo, ha trabajado y generado trabajo, ha construido su casa y educado a su hijos con el esfuerzo cotidiano, se ha movido por la convicción de las ideas en el marco de la honestidad y la solidaridad social. Ha sembrado esperanza.
"Para hablar de las verdades inexorables, debemos rescatar los valores de la ciencia, reconociendo que la condición humana es parte de la construcción del conocimiento. Muchos estamos construyendo alternativas sustentables de manejo de plantaciones de coníferas y cada día comprobamos que el proceso científico recién comienza. Entonces, adelante con el debate, que es constructivo... pero nada se edifica desde el agravio y la discriminación personal hacia alguien que estoy segura de que no se lo merece".
Sara R. Castañeda - Ingeniera Forestal - S. M. Andes

 

"Ladrón de otoño"

Carta de lectores:

Fuente: Diario de Rio Negro  10 de mayo de 2003

"Hasta hace pocos años atrás, cuando se nos enfriaba el sol y las heladas transformaban las hojas de los árboles en una increíble explosión de colores, el festín era darse una vuelta hasta Paso Córdoba.
"Pero como en todo cuento, aparece de pronto el lobo: "A la distancia los lugareños lo identifican con facilidad: botas de cuero de caña larga, pantalones y chaleco -también de cuero-, pañuelo al cuello con pasador de punta de flecha y sombrero de ala... ancha".
"Este vecino será recordado, no cabe duda. En mi caso, lo tengo como el hombre que nos robó el otoño, calificativo que acuña y le otorga en un libro de su autoría mi viejo amigo Mario Paschetta, quien retrata a nuestro "héroe" forestador, cabalmente.
"Vayan mi aplauso y reconocimiento a quienes han implantado el verde en el desierto, sólo les reprocho el no haber buscado mejores especies de pino.
"Quienes como Eberardo Hoepke infiltraron el pino entre nuestros árboles nativos, han jugado a ser la Pachamama; han abierto la caja de pandora, típica actitud de aquellos que se creen superiores en la escala humana. Esta increíble torpeza se cobrará un precio que sólo en el largo plazo se podrá cuantificar y que para entonces será imposible revertir. Esta aseveración la puedo hacer a la luz de mi experiencia personal, fácil de ver y acceder (Establecimiento El Orejano, callejón Gin Gins, San Martín de los Andes).
"Es hora de comenzar a preocuparse. Devolver verdes (dólares) con verde (naturaleza) es una amenaza real. El ciprés, los robles, maitenes, radales, etc., también producen oxígeno y lo hacen aquí con elegancia y armonía y por cierto con menor daño que el ordinario pino.
"El valle de Meliquina nunca fue un desierto. Hay verdades incuestionables como que debajo de los pinos, inexorablemente, no crecerá nada. Quien sostiene lo contrario miente; aún manipulando la densidad de plantas por hectárea, miente.
"Es hora de preocuparse. La invasión de las riberas de nuestros ríos por los sauces es preocupante, la colmatación por algas del lecho de los ríos es preocupante, la invasión de nuestro rico suelo precordillerano por esta especie predadora -el pino- es más que preocupante. Suplementos periodísticos que nos brindan cócteles de INTA, más Parques Nacionales, más Hoepkes, más Secretaría de Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentación, además del BIRF, son "repreocupantes..."
"Sería bueno que sobre este tema se escucharan otras voces, como la de productores, técnicos y de la Universidad del Comahue".


Roberto Ernesto Pfister
LE 7.564.134
San Martín de los Andes

 

Articulo Revista Condé Nast Traveler

by Patrick Symmes

The film Butch Cassidy and the Sundance Kid omitted one thing: Before they died in a hail of bullets in Bolivia, the American West's most famous criminals found refuge—and happiness—in the vast spaces of Argentina's Patagonia. A century later, Patrick Symmes finds there's still no better place to get in touch with your inner outlaw

Septiembre 2003

At Dusk, while Pancho and Claudio, my guides, were loading the boats, a single planet appeared overhead, a dim beacon in the dark-blue sky. Wet and cold, I waited at the edge of Lake Rivadavia, washed by the quiet melancholy that follows a long and glorious day. Over a half-hour, the sky darkened from lavender through azure to black, and a host of unfamiliar constellations emerged. When a crisp half-moon rose over the dark mountains of Patagonia, I felt an icy stab of heartbreak—the pain that must have hit those three Americans, almost a century ago, when they looked back on Cholila like this, knowing that time was against them. Leaving this paradise was tough enough after just a couple of weeks. For three hard-living, straight-shooting adventurers named Santiago, Harry, and Ethel, who spent almost four years here, that last night in 1905 must have been painful. Cholila was the only real home they had ever had, a green valley where sweat, money, and patience had brought them peace, prosperity, and respect. But they never could escape completely.

Those weren't their real names, of course. Horse thieves, bank robbers, and train bandits are wise to reinvent themselves from time to time, and the trio in question are better known to history as the charismatic Butch Cassidy, the quick-fingered Sundance Kid, and the sharp-shooting Etta Place, the most famous criminals of the Wild West. As any fan of the deservedly cherished 1969 motion picture can tell you, Butch and Sundance died in Bolivia, guns blazing. (This may even be true.) What almost no one knows—simply because it was left out of the Hollywood classic—is that from 1902 to 1905, before their fiery end, the bandits were ensconced in the Andean foothills, where they built a set of cabins, lived large, cultivated a herd of more than four hundred cattle and a thousand sheep, and, under those assumed names, tried hard to go straight.

In 1902, Patagonia offered everything an outlaw could want. In this southern part of a southern land on the southern continent, there were no big towns, no nosy detectives, no real roads, and no telegraph cables whispering descriptions of wanted men. Land for grazing and homesteading was plentiful, the local horses were excellent, and a couple of pistol-packing American cowboys blended right into the tiny community of North American ranchers, Welsh colonists, and gauchos—tough Argentine cowboys with their own outlaw traditions. In Cholila, the three were safe. They should have stayed here forever.

But only mountains last that long. When Claudio started the engine, Pancho waved me out of my starlit reveries and into the back of the truck. Perhaps only leaving a place truly preserves it. The fishing rods rattled against one another as we drove up the hill and then rumbled down deserted gravel roads toward the kind of place one can never really leave.

"My dear friend," Butch Cassidy wrote to a woman in Utah in 1902, "I am still alive. . . ." Indeed. Datelined "Cholila, Argentine Republic, S. Am.," his long letter explained how and why he had vanished into one of the most remote places on earth. He described how the outlaws had "inherited" some ten thousand dollars each—money withdrawn from a Nevada bank at gunpoint—and how, enriched by the fruits of their crime, had headed south into one of the most remote places on earth, taking new names, looking for a new start.

In Cholila, they finally found what they were looking for: the ultimate hideout. Four valleys meet here in the kind of verdant, high-mountain bowl common in Wyoming or Montana (cholila means "beautiful valley" in the local Mapuche language). On the rolling lower slopes, the Andean cordillera is forested with conifers and three-thousand-year-old alerces, a South American sequoia. Higher up, the mountains show bare shoulders of gray stone, dominated by the 8,200-foot Tres Picos, where snow is visible even in summer. Icy, deep-blue lakes—among them Lezama, Pellegrini, and Cisne—drain into a single crystalline river, the Carrileufu, which meanders down the valley for dozens of miles until it reaches Lake Rivadavia, at the northern edge of Los Alerces National Park.

Butch was punctuation-challenged and prone to misspellings, but he described Cholila and all of Patagonia with a plainspoken passion that had seduced me from thousands of miles, and a full century, away: "This part of the country looked so good that I located, and I think for good, for I like the place better every day. . . . The country is first class. . . . I have never seen a finer grass country, and lots of it hundreds and hundreds of miles." The winters were mild, the summers splendid, the grass "knee high everywhere," and there was "lots of good cold mountain water." Even more important, Patagonia offered space: space to run cattle, space to build homes, space to live unseen. There was so much empty land here that Butch predicted it would never fill up with people—not "for the next hundred years."

I returned one hundred years after Butch made his prediction, and Patagonia was still a land of hideouts, hidden valleys, and horse adventures—as vast as the American West but with few roads, fewer towns, and more scenery than one person can appreciate in a lifetime. I also found some differences—among them, Latin America's most accomplished tourism infrastructure. In northern Patagonia, towns like Bariloche, El Bolson, and Esquel offer some glamour, bustle, and shopping. In southern Patagonia, a state-of-the-art airport has opened up a whole region of glacier country to visitors. And Argentina's rattled economy has meant deep discounts and empty hotels. But the essential qualities that drew Butch and Sundance are in oversupply.

It is still possible to mount up and disappear into the mountains. I wanted to escape that way, to ride among gauchos and live in immense spaces without regard for the law or the clock. This ambition suffered from only two flaws: I have a great deal of experience with horses—all of it bad; and gauchos are usually described with adjectives such as haughty, humorless, surly, silent, macho, and even murderous. If I was to fit into the world of these famous knife fighters the way Cassidy did, or to ride like Sundance among modern hard-luck cowboys, it was time to get in touch with my inner outlaw.

Early on a Saturday in February, under summer skies as blue as the pale Argentine flag, boys from up and down the Cholila Valley began to drift south, riding bareback. In Cholila, caballos still outnumber cars ten to one. They stashed their mounts—Criollo half-breeds mostly, in a kaleidoscope of brown, gray, chestnut, bay, piebald, and roan—along the river, then sat down in the dust and talked. Patagonia breeds patience.

From Tierra del Fuego to the Bolivian border, every town in Argentina has a gaucho festival—or two or three. The crucial ingredients at these national displays are a massive barbecue (the famous asado of beef, lamb, and sausage) accompanied by tests of horses and horsemanship. The Cholila Valley celebration, held in a meadow beside the glittering Carrileufú, was small and typical. Beef sizzled over a fire, and the appetizing smoke drew some 150 residents—much of the population—and 40 horses.

By noon, two score of wild-looking gauchos had cantered into the meadow, with more horses (and dogs) in tow. It was easy enough to pick them out from the more ordinary citizens of Patagonia. Gauchos come in all colors—their bloodlines are a mixture of Spanish and Indian, with an occasional dash of black, Italian, or even Arab—but their clothing hardly varies. They wear bombachas—baggy, pleated riding trousers—and flattish black hats. Their ultimate signature is the facòn, a long knife tucked into the back of an ornamented belt or sash.

Gaucho derives from an Indian word meaning "orphan," and traditionally the gaucho is an outcast, a drifter on a horse whose great days are always said to be long in the past, before fences and cellular phones narrowed the world. Hardened by the sun, disdained by city dwellers, gauchos are still aloof, valuing independence above all. They distrust paperwork, towns, and religion. (Nick Reding, author of Last Cowboys at the End of the World, says a gaucho wedding is nothing more than saying vamos, or "let's go," to a woman.) If I turned my back on the row of pickup trucks parked along the Carrileufu, there was nothing at this fiesta that Butch and Sundance would not have recognized. Even the races would have been familiar: At one in the afternoon, an elderly gaucho lifted his hat in the air and the pounding of hooves marked the first start. The course was only a hundred yards long, and two riders sprinted down and back, the winner of each heat promoted to the next. The drumbeat of hooves continued until finally a young man with no hat outgalloped the last competitor to cheers.

One of the gauchos, already inebriated at 2 p.m., rolled off his horse. Egged on by dogs, his bay mare went wild—bucking through the meadow, scattering families and throwing hooves at tiny children. Instantly, horsemanship was no game: Six gauchos leaped into the saddle and burst across the field. The same hatless boy was first to run down, bridle, and yank to a halt the bay. The other gauchos tried not to embarrass him with any praise.

The juegitos, or "little games," then resumed with a drag race; the gauchos reran the same two-way sprints, this time leaping off their mounts in the middle to don dresses or skirts and blouses. This event was organized on the theory—a correct one—that even the best horse will panic at the sight of a gaucho in a dress. One after another, the heats dissolved into chaos and laughter as the gauchos hurled their mounts down the field, struggled into flowery sundresses or flimsy black skirts, and then, tripping on their hemlines, chased their mounts around the field. The horses would have none of it. The crowd was delirious.

The asado sizzled, and in the heat of the late afternoon, some older gauchos sought shelter beneath the trees along the Carrileufu, sipping Mendoza wine from cardboard boxes. Cholila's other fiesta had been canceled this year as a result of Argentina's economic chaos, but in the shade of a beautiful valley, exchange rates and IMF missions meant little. "What happens in the rest of the country doesn't affect us much," an almost toothless veteran told me, handing me the wine. "We live from our own resources here."

The blast of an accordion heralded a malambo, the traditional gaucho dance. A dozen adolescents circled and stamped in the field, the girls in white peasant dresses, the boys wearing the finely woven belts and black bombachas of their elders. At sunset, the party began to break up slowly. I complimented a black-clad gaucho on his horse, and he jumped down and insisted that I ride it. I went around the field twice, shook hands, patted my steed, and missed Cholila already.

I dismounted into the hands of Jorge Graziosi, my host at the Arroyo Claro fishing lodge, across the road. Graziosi collects traditional Argentine saddles and tack, and says that Butch and Sundance may have left an imprint on today's fiesta. Many of the older Cholila gauchos—grandsons of the men Butch and Sundance rode with—were wearing their neckerchiefs tied in a broad triangle, the "bandit" style familiar to any American child. But in the rest of Argentina, gauchos roll and knot their kerchiefs. The Cholila men also buckle their spurs across the back, American style. Gauchos elsewhere tie them with leather straps.

Graziosi bought a ranch here in 1982, fleeing the steady development of Bariloche, Patagonia's main tourist city. To the south is the vast Los Alerces park, filled with groves of sequoias, emerald rivers, and rippling ridges. Rolling north is the lightly settled valley of Cholila, with gravel roads and few telephones. His main guide, Pancho, is a wry Chilean who had dragged me from river to river all week to catch large rainbow and brown trout, an arduous routine interrupted only by vast meals and short naps in the gnarled forests. "I like this kind of life," Graziosi told me. "We work the ranch. There aren't many people around. No towns with buses, no telephones. Horses everywhere. It's like living fifty, sixty, or seventy years ago."

Or a hundred. I drove into the "town" of Cholila the next day—a cluster of cinder block houses down the valley, without a restaurant or a hotel but overrun with horses. Three more were tied in front of the information booth. Patiently waiting amid maps and handicrafts for the rare tourist, Karina Quintana confirmed what I'd heard: The cabins that Butch and Sundance built are still standing, albeit barely. "They are in total disrepair," she said. "They are just falling down." A plan to preserve them as a museum has been stuck for eight years in the provincial bureaucracy. There are so few visitors that it costs more to collect an admission fee than the fee generates. In the meantime, the unprotected site is vulnerable. "Don't tell people where they are," Karina insisted. Any publicity draws souvenir hunters, who have already stripped doors, windows, and even pieces of wallpaper from Butch's rooms. (If you want directions, just ask anyone, but first take a vow of chastity.)

Before pointing me in the right direction, Karina brushed off her leather pants, leaped onto the counter of her booth, and started shooting. She was imitating Etta Place, riding sidesaddle while blasting pistols at the posse which had chased the gringos out of town that last night in 1905.

Never mind that Etta always used a rifle, or that they slipped away quietly. The legend—the myth—was close.

Even with directions, it was easy to miss the spread. I went half a mile in the wrong direction and entered the long driveway of the Casa de Piedra, a Welsh teahouse. In this stone refuge beneath tall conifers, the elderly owners fed me a stream of orange, apple, chocolate, and dulce de leche cakes, along with the traditional black torte of Wales. Bruce Chatwin had visited here in the 1970s while researching In Patagonia; he'd gotten everything wrong, they said. Stuffed with cake, I nodded and followed a pointed finger toward the cabin, which was almost in sight. "My grandmother always said that Etta was very beautiful," owner Victorina called out as I was leaving.

I parked by the road, hopped a fence, and cut through a field of daisies that smeared my trousers with yellow pollen. The fugitives had picked their site well: The cabin and two outbuildings were nestled among trees in a broad, flat valley backed by a steep Andean ridge. A small river, the Rio Blanco, bursting with tiny trout, caressed a bank behind the buildings.

A century does real damage. The main cabin of four rooms had more hole than roof, the doors and windows were missing. The handiwork of two Americans was obvious in the low structure, built Wyoming style with chinked logs overlapping at the ends (Argentines build steep roofs to shed snow, don't chink, and lay even corners). I touched the adze marks and could smell the sweat and hear the cussing as Butch and Sundance lifted the timber. Etta's domestic touches are still visible: neat wainscoting and tatters of wallpaper, pink roses on burlap backing.

When it was finished, this was instantly the most famous house in the valley. Sundance and Etta had gone on an international shopping spree and filled the place with fine china, silverware, furniture, and even special North American-style windows that wowed the locals. An Italian visitor in 1904 described a scene of frontier luxury, the walls lined with pictures in cane frames, magazine art, and "many beautiful weapons and lassos." Butch and Sundance hired gauchos to do the work and, under the influence of Etta, spent their spare time reading. They also did paperwork: a maze of purchases and sales, individual and joint stock companies, and a complex legal claim for homesteading the land. In short, they went straight. When the governor of the province visited, the Americans threw a fiesta for the valley. Sundance plucked out Argentine zambas on a guitar, and the governor danced with Etta before retiring to sleep in Butch's bed.

It has become impossible to separate Butch Cassidy and the Sundance Kid from Butch Cassidy and the Sundance Kid. Paul Newman's crafty, garrulous Butch and Robert Redford's silent, menacing Sundance may have reversed reality. Sundance learned Spanish and zambas, while Butch suffered in "Single Cussedness" and struggled to understand the local gossip. Butch made a mistake, lending a horse to an escaped prisoner: It was an impulsive gesture of solidarity with a man on the run, but there was a court hearing. The rumors reached Buenos Aires and then New York, and in 1903 one of the tireless Pinkerton detectives landed in Argentina with "Wanted" posters in Spanish (Pinkerton had sent them as far as Tahiti). The pressure began to mount on their idyll. When a bank seven hundred miles away in Rio Gallegos was robbed by two other North Americans, suspicion fell on Butch and Sundance. After the holdup a deputy, apparently smitten with Etta, tipped them off that the territorial police were coming.

Blamed for a crime they didn't commit, hunted for those they did, Butch, Sundance, and Etta decided not to wait. They fled Cholila and rode north, outlaws again. The end of their story is still hotly debated, but Hollywood got it about right: After a botched robbery in Bolivia, the men were probably cornered by soldiers and killed.

It was easy enough to hear, above the tinkling of the Río Blanco, the ringing voices and laughter, the sound of glasses clinking out toasts, even the faint notes of Sundance's guitar. The windows must have been open, too, on that festive summer night.

Secure," it said in my Spanish-English dictionary. Seguro isn't much of a name for a horse, and Tommy isn't much of a name for a gaucho, but Seguro and Tommy took me over the Continental Divide. By the time we turned down into the valley of Corcovado, south of Esquel, I'd learned Seguro's bad habits, like scraping me against trees, stopping for water every five minutes, and lurching automatically toward home when left undirected.

Seguro did have good qualities. An Argentine Criollo, she climbed strongly and looked where she placed each hoof, a vital habit on the almost vertical trails that led us up and over the Andes. And despite his name, Tommy was all gaucho. He dressed in black (shirt and hat) and blue (bombachas), spoke little, and kept a straight face even while watching me mount up. The only thing that made Tommy smile was when I asked for yerba mate. "Not many foreigners like maté," he said, grinning as he stoked a little fire to boil water.

We sipped at the bitter green tea in a small, aged shack high on a ridgeline over the Corcovado Valley. Twin threads of the Andes ran north for sixty miles. Chile was visible to the west, the great, flat Argentine Pampas to the east. Trevelin, a sweetly modest town of Welsh-descended farmers, was on the horizon.

I'd wandered down from Cholila over the course of several days, passing first through Los Alerces park and the classic Hosteria Futalaufquen, a grand lodge built in the 1950s to jump-start Patagonian tourism. Thirty miles from the park's southern exit is Esquel, the Bozeman of Patagonia, bustling with rafters and backpackers. Esquel was the scene of the most famous crime the boys didn't commit. Two foreigners had killed a Welsh shopkeeper named Llwyd Ap Iwan, a murder that Bruce Chatwin blamed on Cassidy and the Kid. His In Patagonia convinced a generation of visitors that, contrary to the movie, a posse of outraged Welsh settlers had eventually chased down and killed the duo here in Argentina.

But Chatwin should have spent more time fishing. Heading for the notoriously trout-packed Arroyo Pescado one afternoon, I cut across the old Ap Iwan estate and promptly stumbled on a faded gravestone. "Ap Iwan," it read, "1909." Butch and Sundance couldn't have done the deed: They had fled Cholila in 1905, and by 1906 were posting letters from Bolivia, asking friends in Cholila to sell the remaining cattle. By 1907 they were probably dead. I celebrated their innocence, however transitory, by landing seven rainbow trout on the Ap Iwan stream, and then drifted off to sleep under a Lombardy poplar, muttering "They'll never take me alive" to no one in particular.

A couple of hours of gravel south was Corcovado and the Estancia El Palenque. Butch and Sundance had briefly worked for a predecessor ranch in this area, Pampa Chica, which translates roughly as "Little Pasture." Tommy (and Seguro) had led me up from Palenque to just such a little pasture. This clearing was the only flat spot in the steep terrain, and it was my theory—Chatwin-esque in its inventiveness—that Butch and Sundance must have ridden these trails. Tommy used his facón to stir tea, cut bread, chop wood, pick his teeth, and skewer bits of steak. We made it back down to El Palenque by midafternoon, where owner Jeff Wells was gearing up for fishing. I strolled up the valley with him to a favorite hole on the Corcovado River, where Pacific salmon rested under a willow tree. At just thirteen thousand acres, El Palenque is "quite small" by Patagonian standards, Wells said in all seriousness. He'd expanded an old farmhouse into a tourist lodge five years ago, but his passion for Patagonia was more pleasure than business. Like Butch, he was a Mormon from the American West, and everywhere he looked there was a distilled essence of home, a dream of the Old West. "That letter is why I came here," he said of Butch's 1902 missive. "You can still drink from the streams. The grass is still knee-high."

At the river, thousands of giant stone flies hatched out of the water, and we stayed until it was too dark to see.

I finally flew south, to the region that has changed least since Butch's day, to both the past and the future of Patagonia. Two immense lakes slid under the wingtips as we approached El Calafate: first the turquoise-tinted Lake Viedma; and then, after a bleak stretch of brown tussock, the wind-flecked Lake Argentino, also hued almost green with glacial melt. The ribbon of rugged Andean peaks was interlaced with crystalline glaciers. We set down at an inviting new glass-and-steel terminal in the middle of absolutely nothing. Less than an hour away was the grand Perito Moreno Glacier, three miles of ice sliding thunderously into a lake. The town of El Calafate has little to offer except rental cars that take visitors into a network of small towns, tourist-ready estancias, and national parks.

I headed out in a rented Fiat toward the trekking capital of Patagonia, the puny town of El Chaltén, cutting north across the mouths of lakes Argentino and then Viedma. I was on the notorious Route 40, a gravel track along the face of the Argen-tine Andes where flat tires and muffler-mangling mounds of gravel are routine. The four-hour trip took an extra hour because I had to stop to stare at the glaciers so often. Dating from just 1985, El Chalten has some two hundred year-round residents and feels freshly carved from the landscape, with tin-roofed houses, wooden restaurants, and brick lodgings along a tiny valley. Directly above the town are the needle-sharp peaks of Egger, Torre, and Fitz Roy, which inspired the skyline logo of the Patagonia clothing company. The surrounding cordillera is filled with a compact assortment of glaciers, lakes, deep forest, and superb hiking trails; the scenery and trekking opportunities are the equal of the more famous Torres del Paine park in Chile, but without the crowds or the trash. The idea of this outer space ever "filling up" with people is still laughable a century after Cassidy dismissed it. Within minutes of checking into El Puma, the best lodge in the valley, I heard the refrain I would encounter again and again: "We like it so much better than Torres," an American couple told me.

In uncrowded El Chaltén, the biggest problem was finding anyone to hike with, and I had to set out alone before dawn on a trail that led me up a twisted canyon and two hours along a milky river to a cluster of expedition tents. There I joined guide Yamila Cachero and a Brit, a German, a Canadian, and two Uruguayans for a daylong assault on the Torre Glacier. We pulled ourselves over the river on a steel cable, then hiked to the face of black, gravel-strewn ice (glaciers are filthy at first glance). Once we had strapped on our crampons and climbed on top, we faced a sea of white rippling moguls, broken and craggy, riven by deep-blue cracks filled with ice water. A slip was a bad idea. Yamila shepherded us over the crevasses and then spent several hours on belay, instructing us in the basics of scaling ice walls with an ax and ropes. The white expanse was really four separate glaciers that flowed together into a single frozen river, thundering with unseen avalanches. The ice steadily cracked, rumbled, and vibrated under our crampons.

The scale of Patagonia has always impressed me—indeed, it is the central characteristic of the place—but the next day's trip to Perito Moreno National Park must have been a hallucination. Route 40 unrolled from the horizon for a full ten hours. The lack of traffic—a car an hour—was unnerving, and in the solitude, even the static on the radio had a comforting sound. On a high hill, the Fiat's AM band finally caught a whisper: "Pops, I'm out of the hospital," a voice said. And then, "Murillo, I will call Thursday at four." This was a "messages" broadcast, where families sent missives of startling intimacy over the public airwaves to gauchos in remote pastures ("Your children need you," I heard once; and "Alejandro, there isn't anyone else"). The silence that engulfed me in the next valley made Patagonia a synonym for loneliness. At sunset, a sign for the Perito Moreno park greeted me—and then nothing. Only six hundred people visited the 284,00-acre park last year. Eighty percent of it is closed to visitors, permanently, a wilderness for pumas and condors. There is no infrastructure beyond a single dirt road, some campsites, and two places to stay, both working ranches.

The first was Estancia Menelik, where I landed in the midst of preparations for an asado. Inside a tin wind shelter, manager Augustine Smart, round and red-bearded, was overseeing his gauchos as they banked a red-hot fire, skewered an entire lamb, and staked it over the coals. Estancia Menelik is the showcase property of Cielos Patagónicos, an investor group aiming to save failing ranches—and the gauchos on them—with green tourism and a dash of development. Smart spoke of Cielos Patagonicos as a project whose goal was "to conserve the ecology, the history, and the culture of each place." But part of the funding to save a failing ranch like Menelik might come from developing two hotels and vacation homes in El Chaltén. Cielos Patagónicos president Lionel Sagramoso conceded that the Chalten proposal was "a total real estate investment," but the money raised would fund the group's conservation mission elsewhere.

Like some locals, Yvon Chouinard, the founder of Patagonia Inc., is critical of this blend of development and preservation. "I've made lots of trips down there and I just love that place," he says of Patagonia. But the plan to build a lodge outside El Chaltén in order to fund preservation elsewhere is "horrible," Chouinard says. "Development like that is something we want to stop." He thinks El Chaltén is already overbuilt (something of a purist, he calls the adorable town "a horrible, junky, trashy little place"). He is a board member of the Patagonia Land Trust, which buys up large estancias in southern Argentina and dismantles rather than develops, ending ranching and removing fences in the hope of someday converting the land into national parks.

Around the fire at Menelik, as we tucked into slivers of seared and tender lamb, this duel between development and preservation seemed totally abstract. Like Butch, I could not foresee Patagonia "filling up." The park's six hundred visitors a year don't justify development of anything. Ten hours from the nearest airport, with snow closing the roads for two months every year, this region will probably still offer a terrific hideout for some twenty-second-century Sundance.

The next day, i moved to Estancia La Oriental, the other lodging in Perito Moreno National Park, where I slept in a cold but comfortable room, and saw a condor while drinking coffee at 8 a.m. The bird's eleven-foot wingspan was silhouetted against the sky like a splayed hand as it drifted over the house, into the backcountry. Guanacos—fleet, short-haired cousins of the llama—galloped everywhere in herds of a dozen or more. Gray and red foxes slinked through the dry sage grass. Armed with binoculars, I spent a cold and fruitless morning hiking on the Belgrano Peninsula, scanning the windfalls of timber for a puma. The population has stabilized at about twenty-two cats.

The last morning at La Oriental, owner Manuel Lada just handed me a horse. Like Butch helping that fugitive, Lada didn't ask where I was going, or why, but simply caught, bridled, and saddled a chestnut for me at the first suggestion of need. He didn't even know the creature's name. There were abandoned horses all over the property, and they ran feral in the park approaches.

No Name took me over a ridgeline and then across a wet valley to the base of the thousand-foot cliff where that condor had come from. Dozens of broad white guano stains made it easy to spot, high overhead, the nests of the rookery, one of the largest gathering sites for these rare birds in all of the Andes. No Name was jaded from long exposure to condors; she merely ate her way across the meadow while I waited, binoculars in hand. After an hour, I was rewarded by the sight of a single condor stretching its neck, shaking out its massive wings, underlaid with white, and then awkwardly heaving from the cliff to soar high into the park.

It is still easy to get lost in Patagonia, deliberately or not, and on the way home I forced No Name down the wrong path, detoured somewhere, and encountered a wire fence. I dismounted and put a hand on the steel strand cutting through this immensity, convinced that if I turned back, we could head wherever we wanted. We'd live off the land for a while. No one would find us down here, in 1903 or 2003. Overfull with light and space, I burst into an off-key rendition of "Don't Fence Me In."

No Name snorted with derision, a throaty sound that flushed a pair of tall brown guanacos from the underbrush a hundred yards away. They ran and took the fence in a bound, their hooves clicking over the top wire, thump, thump. Under the tips of my fingers I felt the instant telegraph of their break for the backcountry.

A hundred years from now, you'll find them here.

Published in September 2003.
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El cordero patagónico

Por Mons. Néstor Hugo Navarro (*)

 

Martes 21 de octubre de 2003 – Diario de Rio Negro

 

Durante siglos cada pueblo tuvo su cocina. Había una tradición gastronómica, conformada por el tipo de alimentos que le brindaba el acceso a la naturaleza más cercana. Pero hoy, la rústica cocina popular de plebeyas bisabuelas rurales se ha visto reemplazada por la autoría del “chef” súper estrella internacional, creador de sabores, olores y colores, y protagonista central de programas de TV gourmet. Además, aquellas tradiciones gastronómicas se convirtieron en objeto invocado por las reinvenciones del turismo, una actividad que produce dividendos bastante más importantes y circulantes que la vieja olla de la economía doméstica. Las guías turísticas señalan los platos “típicos” que pueden ser probados en los restaurantes de países, regiones y comarcas de todo el planeta. El turismo se basa en la búsqueda de lo peculiar. Nadie que posea las virtudes de la curiosidad gasta sus dineros para ver, comer y oír lo que ve, come u oye en su casa o a la vuelta de la esquina. Los expertos en publicidad de la industria sin chimenea lo saben bien. Pero tengo algo que decirles a nuestros gobernantes, en general poco imaginativos en esta materia.
Cuando se inventaron las nuevas naciones en el siglo XIX, las identidades y caracteres nacionales comenzaron a definirse por especificidades exclusivas. Una nación no era tal si no tenía sus héroes fundadores, su folclore, su literatura, su lengua, sus símbolos patrios, sus creencias religiosas, sus ropas típicas. Y también sus comidas, que provenían de ancestrales costumbres. Todo eso conformaba el mito del carácter nacional, que llegó a tener con los nacionalismos de otrora ontológicas figuras del “ser”. Este monosílabo, que tortura a los filósofos que quieren descubrir y explicar su condición y significado, se aplicó en los tiempos románticos (y aun se sigue aplicando, aunque cada vez con menor convicción) a las nacionalidades, unas esencias inmutables, irrenunciables e inevitables.
Pues bien: con ese criterio ha de haber un “ser gastronómico”. Nadie podría ser escocés si no gusta del whisky, italiano si no conoce de pastas, argentino si no sabe hacer un asado, ni mexicano sin haber condimentado sus alimentos con “chili”. Nuestra Patagonia también ha estado buscando su “ser”. Pero al propio tiempo, nuestros compatriotas se preocupan esporádicamente de amenazas separatistas. Se espantan con la eventualidad de perder su suelo y su agua, ante la evidencia de que el subsuelo ya no les pertenece, alquilado como está para largos futuros por módicas regalías que pagan las petroleras extranjeras. La Patagonia está de moda y fama en todo el mundo y eso debería ser aprovechado. Una persona, una ciudad, un país pueden adquirir ese sello de fama por distintas razones: buenas o malas, muchas de ellas nimias y circunstanciales. Algo similar pasa con los caracteres nacionales, provinciales o comarqueños.
El actual presidente ha hecho la propaganda de las exquisiteces del cordero patagónico ante sus colegas europeos, especialmente con Jacques Chirac, nada menos, que comanda los destinos de una nación cuya identidad culinaria es sobresaliente. Admitamos que el corderito de nuestros lares no es por aquí un plato popular ni extendido, menos aún en estos tiempos de jefes y jefas de hogar sometidas al subsidio estatal de supervivencia. Cuando se descubre algún corderito autóctono en restaurantes y carnicerías, su precio es alto. Si uno no es amigo de algún estanciero generoso es difícil degustarlo, y ello sólo es posible en los meses inmediatos a la parición. El peón de campo a veces accede al viejo carnero capón, que no tiene nada que ver.
Pero no seamos negativos: la actitud del presidente es loable. Y desinteresada, digamos, porque según su declaración de bienes no tiene ni una oveja. Incita a reflexionar sobre las posibilidades trascendentes del bello animalito, no sólo como alimento típico, sino como factor útil para construir el anhelado “ser patagónico” desde la gastronomía. Muy serio, un filósofo francés me preguntó: ‘¿Por qué no hacer del cordero patagónico, con sus especificidades de sabor inigualable, no sólo la síntesis identificatoria de la Patagonia, sino aun más ambiciosamente, del propio ser nacional? ¿Por qué no superar otros símbolos, como el tango, hoy reducido a danza acrobática “for export”? ¿O reemplazar en ese rol a nuestro grosero bife de chorizo, periódicamente sospechado de aftosa, y que por lo demás se refiere al centralismo de la pampa húmeda?
Si como ha sido calificado por el presidente Bush, quizá con cierta socarronería texana, nuestro primer mandatario es un “conquistador del FMI” (o viceversa, agregarían los críticos locales), ¿por qué no anclar en el cordero de las estepas sureñas, la reconquista de nuestro desdibujado “ser”, hoy en default psicológico y financiero?
El cordero tiene otras ventajas adicionales: remite a religiones y mitos prestigiosos. Según el antiguo testamento, por ejemplo, el cordero es primicia inocente y esperanza del rebaño, una víctima ideal para el holocausto perpetuo, un don total sacrificado en la pascua hebraica en adoración al único Dios verdadero. Para evitar confusiones, y no alentar a los paranoicos que sospechan una invasión de sionistas disfrazados de turistas con gorritos de lana y cámaras fotográficas, recordemos el Evangelio de San Juan. El mismo Cristo se significa en el cordero degollado y triunfante, redentor con su sangre y juez soberano, vencedor de todas la fuerzas del mal. Justamente, con el fin de distinguir malentendidos teológicos y analogías inconvenientes de ritos y creencias, el Concilio de Constantinopla del año 692 estableció que el arte cristiano representase a Jesús en la cruz con forma humana y no como era el uso hasta entonces en la figura de un cordero crucificado. El cordero es símbolo mítico de castidad y mansedumbre, y por su inmerecido sacrificio constituye la representación de los más puros pensamientos de justicia universal. Además, es lo opuesto a la agresiva águila imperial. Cubiertos con la piel del cordero, lo digo en sentido figurado, podemos disimular nuestras rebeldías de deudor ante la violencia expropiatoria del acreedor foráneo.
Alivianando estas cargas semióticas y ajustándonos a sus soberbias calidades manducatorias, la tipicidad de nuestro corderito al asador podría, una vez conquistados los favores de todo el mundo, ganarle fácilmente al gigot de los franceses, quienes lo comen casi crudo. Leonardo da Vinci, que sabía de todo, prefería el cordero al cabrito. Según argumenta en su libro de recetas culinarias*, nunca tendría a este último animalejo en su cocina por el nauseabundo olor “a chivo” que despide y porque se come cualquier cosa, hasta las mesas. Leonardo recomienda la siguiente fórmula a Francisco I de Francia, que fue su señor y patrón: los huesitos del costillar del cordero infantil asados hasta el dorado oscuro y crocante, con apenas algo de su propia carne en un extremo, aderezada con sal marina y remojada con leche de oveja y en la miel que elabora la abeja de la flor del manzano; y envueltos delicadamente con una caperuza de papel en el otro extremo, para que pueda ser tomado sin quemar ni ensuciar los dedos del príncipe. Si no alcanzara este manjar a convertirse en un complemento superlativo del “ser nacional”, tengo para mí que “las costillitas de cordero patagónico a la Da Vinci” sería el nombre de un plato muy bien retribuido, una exclusividad de nuestras parrillas sureñas con un dejo de cosmopolitismo globalizante. Podrían aceptarse dólares o euros, pero no bonos externos, por ahora.

*Notas de Cocina de Leonardo da Vinci, Editorial Temas de Hoy, Madrid, 1999

 

 

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